Novias LP: La dulzura de Sara

Antiguamente, cuando no existía el pret-a-porter y los diseñadores solo estaban al alcance de unas pocas afortunadas, las novias no tenían tantas opciones como ahora. Una de las opciones era utilizar el vestido que llevó la madre o la abuela en su boda, aunque la opción más común era que alguien de la familia o cercana a ella lo realizara. En aquella época era normal que las mujeres supieran coser, por lo que se hacía una tarea relativamente sencilla.

Poco a poco la moda cambió, el pret-a-porter irrumpió y creó una moda más accesible a todo el mundo, a cambio de una pérdida importante de artesanía y exclusividad. Esto abarcó indudablemente los vestidos de novia. Cómo muchas sabéis, en los últimos 20 años un par de grandes empresas se hicieron con el mercado de vestidos de novia, más que nada enfocadas en facturaciones milionarias y, en mi opinión, a menudo olvidándose de centralizar cada diseño en la personalidad y peculiaridad de cada novia. No hay dos cuerpos iguales, no hay dos personalidades iguales, no hay dos gustos iguales y no hay dos mujeres iguales. Es más: nunca he hecho 2 vestidos exactamente iguales a ninguna de mis novias, ni siquiera a ninguna de aquellas que haya elegido cualquiera de los vestidos de mis colecciones, porque cada una siempre le añade o pide nuevos elementos en su look de boda.

Hay un número creciente de novias que buscan una experiencia personalizada y suelen recurrir a diseñadores, modistas o incluso a tiendas de segunda mano para adquirir el vestido de sus sueños.

Por todos los cambios en la moda que he explicado antes, muchas de estas novias acuden a un diseñador por primera vez para realizar un vestido a medida, por lo que no tienen ninguna experiencia comparable con el proceso y como tal suelen estar indecisas, nerviosas o incluso les puede resultar difícil visualizar el resultado final.

Cada diseñador tiene su forma de trabajar, pero os voy a contar la mía a través del ejemplo de una de mis novias: Sara.

Sara es la dulzura en persona y guardo un buenísimo recuerdo de ella y de todo el proceso de creación de su vestido. Es clave que haya una buena química entre la diseñadora y la novia. No hay que caer en clichés y siempre se ha de partir del beneficio de la duda con todo el mundo, pero en mi opinión es más improbable que una joven de 25-35 años conecte con una señora de 70 años o con un hombre a la hora de diseñar un vestido actual. Puede que alguno de estos no termine de entender lo que una mujer como nosotras realmente busca – pero como digo, hablo de probabilidades ya que luego hay que ver caso a caso.

Con Sara fluyó todo el proceso de forma perfecta. Ella me explicó las características e ideas que imaginaba en su vestido y entre sus elementos favoritos estaba la falda de tul. A pesar de tener colecciones de novia, todos mis vestidos (sean de colección o no) se realizan totalmente a medida, por lo que no había ningún límite para introducir todos los elementos que se imaginaba Sara en el diseño, talla o silueta que buscaba.

El siguiente paso siempre es probar diferentes formas y siluetas. Si os dais cuenta, no realizo colecciones de 100 vestidos sino que me enfoco en tener colecciones de novia muy amplias a nivel de estilos, formas y elementos en poco más de 20 vestidos. Estos looks están pensados para muchos tipos de mujeres, desde las más clásicas a las más innovadoras, y si combinamos las diferentes formas y elementos de mis vestidos, al final las posibilidades son casi infinitas.

Así que quedaba por comprobar que siluetas y tejidos favorecían más al cuerpo de Sara, y con que estilos se sentía ella mejor. Después de probar diferentes escotes, faldas y espaldas esbozamos una primera idea de lo que sería su vestido. Y Sara estaba de suerte porque el tul le sentaba fenomenal – pensad que este tipo de faldas no favorece a todos los tipos de cuerpo, pero afortunadamente con Sara conectamos un estilo que le gustaba y que a la vez le favorecía.

En este proceso es importante tener en cuenta que, aunque el diseño esté definido, la confección a medida permite añadir variaciones al vestido mientras lo vamos construyendo. La flexibilidad es uno de mis máximos valores y desde luego aporta seguridad a mis novias, que tendrán tiempo para probar y decidir los detalles y en algunos casos incluso cambios totales de forma.

En el caso de Sara, ya teníamos decidida la falda de tul pero faltaba definir la parte de arriba del vestido, aunque ya partíamos de una idea base. Finalmente decidimos que le pegaba un cuerpo ajustado en chantilly con escote redondo. El adorno de la cintura – una puntilla en tul bordado – y el top en tul plumeti bordado fueron elementos que añadimos una vez ya construido el vestido.

Como siempre digo, los detalles se definen al final y en las últimas pruebas añadimos el broche dorado en el top y unos botones de perla en la espalda, lo que le dio el toque final que el diseño necesitaba a la vez que le aportaba personalidad.

Se lo comenté a Sara miles de veces y lo digo a todo el mundo: me enamoré de su vestido. Es delicado, romántico y con un punto vintage. La mezcla de tejidos me vuelve loca ya que crean diferentes texturas sin recargar el resultado final. Sin embargo, no es a mí a quién me tiene gustar el vestido. Es a Sara y a nadie más.

Por muy precioso que sea su vestido, es Sara quién le da vida y hace que sea más que un trozo de tejido. Cuando una novia no se ve disfrazada se nota: gana en seguridad, confianza y hasta en belleza. Transmite su esencia. Cómo decía Audrey Hepburn, la mujer feliz siempre es la más guapa.

Una tiara dorada en el pelo, un ramo en tonos pasteles anudado con una puntilla a juego y unas cómodas alpargatas en blanco con chantilly complementaron así lo que ya transmitía Sara y su vestido.

Si además os enseñara las 2 damitas de honor, sus sobrinas, a quién les hice 2 réplicas de este mismo vestido, os moriríais de amor 🙂

Cualquiera que conozca a Sara nunca podrá decir que ese vestido no la representaba. Ese vestido era su dulzura, su delicadeza, su alegría. Este diseño, simplemente, era ella.

Lorena Panea

Las preciosas fotografías son de Enrique Román.

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